María Mercedes* tiene un dilema moral. Estudiantes
de 13 y 14 años, de ambos sexos, se han acercado a ella a confesarle
que son jóvenes ‘prepago’. A cambio de ropa de marca
o plata para comprarla se dejan tocar de adultos e incluso tienen relaciones
con ellos.
“Personas mayores los recogen en la esquina del
colegio y les pagan hasta 300 mil pesos para que se compren tenis y bluyines
de marca por un rato de sexo. Después los dejan en la casa. Lo
hacen para aparentar, no porque necesiten”.
Ella es la psicopedagoga (orientadora o consejera, como
las llaman en otras instituciones) de un colegio público cercano
a la comuna 13 de Medellín. En el último año varios
alumnos (hombres y mujeres) le han contado que están enamorados
del adulto que los está explotando o que quieren dejarlo pero no
pueden.
“Yo tendría que denunciar eso, pero ellos
me están haciendo sus confidencias, soy como un sacerdote. Si cuento,
ellos jamás volverán aquí. Además, atiendo
a 5.000 estudiantes, quién volvería a creer en mi”.
Medellín no es la única ciudad en la que
se presenta esta nueva modalidad de explotación sexual comercial
infantil (como la llaman las fundaciones que trabajan en el tema). También
se ve en colegios públicos y privados de Bogotá, Montería
(Córdoba), Girardot (Cundinamarca), Calarcá (Quindío),
Cartago (Valle), Barranquilla (Atlántico), Cartagena (Bolívar)
y Villavicencio (Meta).
En esta última ciudad, la Sijín calcula
que de las 400 mujeres que ejercen la prostitución, entre 250 y
300 son colegialas, que están entre los 12 y 17 años. La
modalidad ha sido tan estudiada aquí que las autoridades ya crearon
un programa para las escuelas (ver recuadro).
“En general, hay mayor incidencia en ciudades grandes
y capitales porque allí niños y jóvenes están
más pendientes de la moda, y por ella están dispuestos a
hacer lo que sea”, explica Esperanza Joves, responsable del área
de infancia de la Fundación Esperanza, que trabaja en prevención
de la explotación sexual.
Hace tres años esta institución comenzó
a tener conocimiento de estos casos. “No sabemos si el fenómeno
existía antes, pero desde esa época empezó a visibilizarse”,
agrega Joves.
La modalidad de los ‘prepago’ se conoció
en la época de los mafiosos, quienes pagaban los estudios universitarios
en instituciones de prestigio a jóvenes muy lindas que no tenían
recursos económicos para financiarlos.
Fenómeno, en crecimiento La Fundación Renacer,
otra institución que desde hace 16 años trabaja en prevención
y atención de la explotación sexual, hace dos años
abrió en Bogotá un programa para atender a jóvenes
escolarizados, que viven en sus casas y ejercen la prostitución.
En el primer año recibió el caso de una niña ‘prepago’,
mientras que en el segundo ha atendido hasta 25 en un mes.
“Es más fácil para el proxeneta darle
un celular a un niño para contactarlo cuando tiene un cliente,
que tenerlo en el prostíbulo –explica Estella Cárdenas,
directora de la Fundación–. Le pone la cita en su casa o
lo recoge en la de un amigo”.
En Villavicencio, según la Sijín y el Centro
de Atención Integral al Menor Abusado Sexualmente (Caima), la masificación
del uso de los celulares, gracias a los planes económicos, ha permitido
a los proxenetas utilizar este medio que es complicado de rastrear.
“A veces solicitamos a las empresas de comunicaciones
mapas de las llamadas, pero la respuesta puede durar hasta tres meses.
Cuando marcamos el celular, ya han cambiado de número”, dijo
un investigador.
Los mismos compañeros de los estudiantes son los
que se encargan de convencerlos. Les hablan de manera directa y se los
muestran como algo fácil y muy lucrativo. Una labor de paciencia,
que también resulta provechosa para ellos (ver testimonios).
Más que ropa de marca Las autoridades de Villavicencio
que trabajan en los casos, así como los especialistas de las fundaciones,
han encontrado que no solo por ropa de marca los menores están
consintiendo la explotación, también lo hacen para tener
celular, ir a sitios que no están en capacidad de frecuentar e
incluso para financiar sus drogas.
“En Cartagena, por ejemplo, –señala
Cárdenas– hemos encontrado que las adolescentes se paran
en las entradas de discotecas o de fiestas de barrio y con tal de que
les paguen el cover y lo que consumen, aceptan que las toquen”.
Para los psicólogos, las historias de estos estudiantes
muestran un trastoque de valores, pero también un abandono por
parte de los padres que no están enterados de qué hacen
sus hijos, a quiénes frecuentan y cómo obtienen la ropa
que se ponen.
“Dicen que un amigo se los regaló o que
alguien se los prestó. Ellos no dimensionan lo que están
haciendo porque están en la búsqueda de reconocimiento,
de identidad y autonomía”, señala Joves.
Lo peor, según Victoria Eugenia Giraldo, directora
de la Fundación Esperanza, es que el colegio dejó de ser
el sitio en el que se cuida a los niños de los peligros que los
acechan. “La escuela ya no es una garantía”, dice.
* El nombre fue cambiado.
ÁNGELA CONSTANZA JEREZ
Y JHON ALFONSO MORENO Redacción EL TIEMPO
Piden cambios en los planteles
Las alcaldías de Girardot (Cundinamarca), Calarcá
(Quindío), Barranquilla (Atlántico), Villavicencio (Meta)
y Cartago (Valle) se unieron con el Ministerio de la Protección
Social, el Icbf y la Organización Mundial del Trabajo (OIT), entre
otros, para atender a niños víctimas de explotación
sexual y prevenir que más sean cautivados en los colegios.
En Villavicencio, por ejemplo, se está realizando
un programa de sensibilización en los planteles educativos y de
diagnóstico para elaborar el perfil de los niños explotados.
Además, la Red de Explotación Sexual Comercial Infantil
(Esci) sugirió a la Secretaría de Educación y a las
colegios restringir el uso de los celulares en las clases, así
como disminuir o abolir los trabajos en grupos fuera de las aulas, porque
son la disculpa de los estudiantes para quedarse por fuera de la casa.
Varios ya han acogido las medidas. El rector de uno de
los colegios más grandes de Villavicencio, asegura que fortaleció
el programa de educación sexual y ahora los profesores profundizan
en materias como religión, sociales y educación física.
‘Fue por la presión de mis amigos’
“Definitivamente soy muy avispada. Sin tener plata
lo-gré conseguir ropa de marca y llegar al colegio en carro como
mis demás compañeros”.
Esas palabras aún siguen asombrando a la psicóloga
que ayuda a Lucía* a salir del mundo en el que vivió por
dos años. A los 11 años esta niña de clase media
entró a estudiar a un colegio élite de Bogotá. Sus
padres querían la mejor educación para ella y unas buenas
relaciones sociales.
La pequeña no aguantó la presión
de sus compañeros que siempre vestían con ropa de marca
y llegaban en carro al colegio. Lucía, por vivir cerca, caminaba
sola desde su casa. Así fue que conoció a un hombre que
podría ser su papá. Merodeaba el lugar en un auto que llamaba
su aten-ción. Primero se hizo su amigo y, después, empezó
a llevarla hasta el colegio a cambio de que se dejara besar y tocar. Le
compró la anhelada ropa y le pidió mucho más.
La niña estaba feliz porque podía aparentar
entre sus amigos sin tener que dar explicaciones a sus padres, pues estaban
en proceso de separación y eso les impedía estar pendientes
de ella.
Sin embargo, cuando se quedó sola con la mamá,
las cosas comenzaron a cambiar, y una noche cometió el error de
no llegar. Después, ella le encontró pantuflas de las que
dan en algunos moteles.
En este momento Lucía es-tá en trabajo
terapéutico y aún sigue creyendo que fue muy recursiva.
*El nombre fue cambiado
‘Yo les consigo las niñas’
“Juego con mis amiguitas a la hora del descanso
en el colegio y les voy echando el cuento. Ellas ya saben lo que es el
sexo, así que cuando les propongo que si se quieren ganar 10 mil
pesos de manera fácil, saben a lo que se atienen”.
María tiene 15 años. Sus párpados
están adornados por una excesiva sombra azul que poco combina con
la blusa verde del Atlético Nacional y la falda roja descaderada
que acomoda permanentemente. Sus uñas están roídas
porque se las come cuando está nerviosa o habla con un desconocido,
algo que hace constantemente.
“Me llaman para decirme cuántas mujeres
necesitan y yo las llevo. A mí me dan 15 o 20 mil pesos por dos
o tres niñas que le de al taxista (trabaja con el proxeneta). Él
se las lleva a otra persona y ahí si no sé qué pasará”.
María sabe que no está bien lo que hace,
aunque no tiene idea de qué es un proxeneta y espera que “cuando
sea grande” Dios la perdone. Ahora está a la ‘caza’
de compañeras de salones distintos a los de ella, pues sus clientes
están pidiendo más niñas. También en el barrio
está re-clutando jovencitas que están muy dispuestas. “Varias
no tienen la necesidad de ganar plata, son viejas que lo hacen porque
les gusta y quieren comprar ropa o celulares.
“Cuando tengo relaciones sexuales no me cuido porque
me pagan más por estar sin condón. Además no sé
poner-lo todavía”, confiesa. |